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Nicole Kidman en una escena de Las mujeres perfectas.
 

¿Todavía quieres ser una mujer perfecta?



La perfección no existe...


Convertirte en una chica 10


Si aún persistes en la idea de convertirte en una chica 10, no te pierdas la película Las mujeres perfectas, de Frank Oz. No te vamos a contar el final, pero sí que, en poco más de hora y media, el tópico de la mujer ideal se desmonta.

Porque, tenlo claro, no puedes triunfar en el trabajo, ser la mejor amante, sentirte plena con tus hijos, lucir radiante, mantener una talla 38, cambiar el mundo y... ser feliz.

El problema es que todavía muchas mujeres se exigen esto y más. Algunas consiguen sobrellevar tal cantidad de tareas, pero por poco tiempo: al final quiebran. En este diagnóstico coinciden sociólogos, psicólogos y psicoanalistas.

AHORA LO RECONOCEMOS

Las consultas están llenas de esta epidemia: el síndrome de la abeja reina, el abarcar más de la cuenta, querer hacerlo todo... Un mal que nos afecta de pleno a las féminas, así en general, sin distinción de edad, estudios o condición económica. Todas somos candidatas a sufrirlo porque todas tenemos “un problema de culpas”, explica la psicóloga Elena Fernández.

Se trata del regreso de la mujer campesina: 18 horas ininterrumpidas de tareas. Trabajamos como los hombres, nos ocupamos de la casa y hacemos los servicios sociales. Estamos exhaustas”, señala Elena Arnedo.

“Ahora, por lo menos, empezamos a reconocerlo y a valorarlo, pero ya ocurría hace 50 años. Entonces las mujeres se ocupaban del campo y de la casa y encima no tenían ningún reconocimiento social. Importaba incluso más si enfermaba una vaca”, añade Fernández.

Y esa superexigencia se traduce en insomnio, ansiedad, inestabilidad emocional, trastornos digestivos, estrés...

“Normalmente, las pacientes vienen aquejadas del cuerpo: dolores de espalda, taquicardia, falta de sueño... pero lo que hay detrás es algo psíquico porque, sabiéndolo o no, se someten a un ritmo de trabajo que está muy por encima de sus posibilidades”, señala María Luisa de la Oliva, psicoanalista.




Textos: Lula Gómez
Foto: Lula Gómez